25 ene. 2009

JUAN ENRIQUE ACUÑA



El CANTO
II
Si la voz pudiera detenerse en el aire
como un cuchillo temeroso,
verías, amor, su filo defraudado por la muerte
entre mis manos frías:
una flor sin nacer sobre un tallo quebrado
y el perfume sin nadie llorando por el cielo inútil.

Si pudiera destruir tu nombre en mitad de sus letras
como se quiebra un beso,
la verías desangrarse por su hueco más triste
mostrar su cerno corrompido
donde las larvas ciegas agitan su blancura siniestra.

Si pudieras troncharme la garganta
con tu espada más tierna,
verías bullir dentro una selva sin nunca,
multiplicada y renovada y sola,
con sus ínfimos yuyos hollados por insectos
que silenciosamente cantan
en el inmenso susurro de las siestas.

Allí me encontrarías tan árbol,
tan sin poder hacharme las raíces
o estrangular las aves que lucen su frágil tornasol llamándose,
que el llanto de tus ojos sonaría a creciente,
a fuego de desmonte arrebatado.

¡Ah, si bastara tu aliento
a proteger esta trémula aventura
de no poder decir y estar diciéndote!

Juan E. Acuña